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Fuentes, Revista de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional
Print version ISSN 1997-4485
Rev. Fuent. Cong. vol.12 no.56 La Paz June 2018
PALABRAS ANCLADAS : RETAZOS DE UNA (POSIBLE) HISTORIA DEL LIBRO
Eslabón 13: manuscritos de Abisinia
Edgardo Civallero*
Licenciado en Bibliotecología y Documentación (Universidad Nacional de Córdoba, Argentina). Trabaja en la Fundación Charles Darwin para las Islas Galápagos. Miembro del Comité Editor de Fuentes.
Mail: edgardocivallero@gmail.com
Recepción: 17 de abril de 2018 Aprobación: 18 de junio de 2018 Publicación: junio de 2018
Santo Stefano degli Abissini es una vieja iglesia ubicada en el corazón de los Estados Pontificios. Se trata de una de las construcciones más antiguas del Vaticano: una superviviente de la estructura original de la Basílica de San Pedro. De acuerdo a la tradición, fue mandada a construir por el papa León I (400-461). En 1159, Alejandro III hizo edificar un hospicio adyacente, que fue destinado a albergar peregrinos y sacerdotes etíopes. Y en 1479, Sixto I cedió la iglesia a monjes coptos, hecho por el cual el edificio recibió distintos nombres, como Santo Estefano d'Egitto, dei Mori o degli Indiani, hasta que prevaleció el actual, San Esteban de los Abisinios.
A partir del siglo XV, los peregrinos que llegaban desde el Cuerno de África a la Ciudad Eterna y, concretamente, a esa iglesia-hospicio, portaron consigo los primeros manuscritos etíopes que entraran a Europa. La inexplicable fascinación que provocaron esos documentos entre los bibliófilos del Viejo Mundo hizo que, desde inicios del siglo XIX, numerosos exploradores se lanzaran a la obtención de originales y copias en la propia Etiopía, y que otras tantas instituciones europeas crearan, con esos volúmenes, sus propias colecciones.
En la actualidad, los tres fondos europeos de manuscritos etíopes más importantes se encuentran alojados en la Biblioteca Apostólica Vaticana (la cual incluye los tomos originalmente custodiados en San Esteban), la Biblioteca Nacional de Francia y la Biblioteca Británica; en conjunto suman unos 2.700 ejemplares. Por su parte, la Ethiopian Manuscript Microfilm Library, repartida entre Addis Abeba (Etiopía) y Collegeville (Minnesota, EE.UU.), cuenta con más de 9.000 tomos microfilmados, siendo, en ese sentido, la más representativa a escala global.


El volumen de documentos abisinios escritos a mano sobre pergamino es enorme. Si bien no existen cifras oficiales, los cálculos más realistas de los investigadores especializados en la temática señalan la existencia de unos 200.000. Y eso teniendo en cuenta que los archivos de uno de los núcleos más importantes de la cultura etíope, los monasterios del Tigré, aún no han sido inventariados.
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La escritura existió en territorio etíope mucho antes de la aparición del pergamino. De ello dan testimonio numerosísimas inscripciones en las distintas formas de la antigua escritura arábiga meridional, derivada del fenicio, y en lenguas ya desaparecidas, como el sabeo.
Pero Etiopía fue, sobre todas las cosas, lo que los expertos han denominado una "cultura de manuscritos" (manuscript culture). Ese rasgo caracterizó toda la región ya desde el Reino de Aksum (siglos I-VIII), y continuó haciéndolo durante el periodo pos aksumita y la dinastía Zagwe (siglo VIII-1270), la dinastía salomónica y el periodo "clásico" medieval (1270-mediados del siglo XVIII, incluyendo el reino de Gondär), la "Era de los Príncipes" (desde mediados del siglo XVIII a mediados del XIX) y el periodo moderno.
Para elaborar esos libros se utilizó pergamino (beranna): excepto para textos islámicos, el papel no fue usado en Etiopía sino hasta el siglo XX, y aún hoy, en los actuales centros de producción de documentos manuscritos, sigue sin utilizarse. Las dos formas tradicionales de uso del pergamino fueron -y siguen siendo- el rollo (ketab) y el códice (mäshaf). El primero suele ser utilizado para fórmulas mágicas y pinturas, y en su escritura no se emplea caligrafía. El segundo, introducido en el siglo IV junto al cristianismo, es el formato preferido para textos históricos y religiosos. De dimensiones variadas, los códices están provistos de una sólida encuadernación, con tapas de madera forradas de cuero. El clima del altiplano abisinio ha ayudado desde siempre tanto a la preparación del soporte a partir de cueros de cabra y de oveja, como a la conservación de las obras terminadas.
El texto de los manuscritos abisinios acostumbra estructurarse en 2 ó 3 columnas. Los renglones no se marcan con grafito o con tinta, sino que se trazan raspando ligeramente la superficie del pergamino. Las tintas empleadas son la negra y la roja; la primera jamás fue metálica sino de hollín. Los colores aparecen únicamente en ilustraciones y miniaturas. La técnica de encuadernación más habitual es la llamada "etíope" y "copta" entre los encuadernadores modernos.
A pesar de que en Etiopía se hablan más de 80 lenguas (que probablemente fueran más en el pasado), los documentos se han escrito sobre todo en ge'ez. Como ocurre con el latín en Europa, el ge'ez es un idioma que hoy sobrevive sólo como lengua litúrgica de las iglesias etiópicas.
La producción de manuscritos estuvo desde siempre en manos de las comunidades monásticas; los propios monasterios funcionaron como los principales repositorios de escritos. Las obras, sin embargo, no se conservaban en bibliotecas: al ser consideradas como objetos sacros, eran mantenidas junto a los elementos litúrgicos.
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En la Biblioteca Nacional de Francia, la colección etiópica consta de 1.034 piezas, organizadas en dos grupos: la colección de Abbadie y el fondo general, que a su vez comprende varias colecciones individuales. Abbadie estuvo en territorio abisinio entre 1838 y 1848. Con la ayuda de estudiosos de las iglesias de Gondär, entonces la capital del Imperio Etíope, se hizo con una nutrida selección de textos seculares y religiosos. Depositada en la Biblioteca Nacional en 1902, la colección cuenta con 283 manuscritos, 35 de ellos iluminados.
Entre las colecciones del fondo general, las piezas más antiguas proceden de colecciones reales e imperiales. Entre ellas se cuenta el famoso Libro de Enoc regalado por el explorador escocés James Bruce a Luis XV. En orden cronológico les sigue la colección de Mondon-Vidailhet: copias hechas en el scriptorium del emperador Menelik II en Addis Abeba y recogidas entre 1891 y 1897.
La colección de Marcel Griaule destaca por contener el mayor conjunto de rollos mágico-médicos de Europa. Fue obtenida durante la primera misión (Etiopía, 1928-1929) y la segunda misión (Dakar-Yibuti, 1931-1933) de Griaule al continente africano, y especialmente durante su estadía en Gondär. La segunda misión de Griaule fue la última expedición europea enviada a África por un gobierno para recoger artefactos etnológicos y culturales.
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La Biblioteca Británica mantiene un fondo etíope basado en una "colección fundadora" de 74 manuscritos, donados por la Church of England Missionary Society y originalmente recogidos en Shewa entre 1839 y 1842.
En 1868 la biblioteca recibió 349 manuscritos etíopes, en una acción que ejemplifica, en cierta medida, los mecanismos que alimentaron las colecciones de museos y otras instituciones culturales europeas durante el periodo colonial. Los libros procedían del espolio de la fortaleza de Magdala, residencia del emperador Tewodros II, que cayó ante el ataque de una expedición británica al mando de Robert Napier. Los manuscritos destinados a la British Library procedían de la biblioteca del propio Tewodros. Entre ellos se encontraba el hoy célebre manuscrito Or. 481: una copia de un ejemplar del siglo XV realizada a pedido del emperador Iyasu I (1682-1706) a finales del siglo XVII, que contiene el octateuco y los cuatro evangelios.
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La Biblioteca Apostólica Vaticana cierra el recorrido por las colecciones de manuscritos abisinios más importantes de Europa. La institución cuenta con cinco fondos etíopes diferenciados, con todos sus contenidos microfilmados (y algunos de ellos digitalizados).
La colección general incluye 217 volúmenes. El fondo Borgiani comprende 37 ejemplares procedentes de la ya citada iglesia de Santo Stefano degli Abissini, adonde fueron llevados por peregrinos. El fondo Comboniani, por su parte, incluye 290 manuscritos que están en la Biblioteca Vaticana sólo en depósito, pues son propiedad de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús. Fue precisamente un misionero de esa orden, Osvaldo Raineri, el que regaló su colección personal de 111 tomos para formar la colección que lleva su nombre.
Finalmente, el fondo Cerulli, con 325 volúmenes, fue reunido por Enrico Cerulli, un especialista en lenguas etio-semíticas que fue, además, gobernador de dos provincias del África Oriental Italiana entre 1939 y 1940.
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Las colecciones orientales de prácticamente todas las bibliotecas importantes de Europa cuentan con materiales de Etiopía. Algunas de ellas todavía mantienen una activa política de adquisición (por ejemplo, la Biblioteca Estatal de Berlín); de tales adquisiciones y de los subsiguientes descubrimientos se da cuenta en publicaciones académicas especializadas, como Aethiopica: International Journal of Ethiopian andEritrean Studies.
Los estudios etiópicos han adquirido, en los últimos años, cierto impulso, evidenciado por la aparición de libros y artículos que abordan la temática desde distintas perspectivas. Los investigadores de ese (aún limitado) campo académico coinciden en señalar que queda muchísimo trabajo por hacer. Es preciso documentar el proceso de producción de manuscritos que es aún vigente e identificar los fondos existentes, incluyendo las dos colecciones más grandes de la propia Etiopía, ubicadas en Addis Abeba, prácticamente sin catalogar.
Bibliografía
BAUSI, A. (2014). "Writing, Copying, Translating: Ethiopia as a Manuscript Culture". En QUENZER, J. B.; BONDAREV, D.; SOBISCH, J.-U. (eds.). Manuscript Cultures: Mappingthe Field. Berlín: De Gruyter.
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